MEMORIA ACTIVA


NOVEDADES

Acto Plaza Lavalle – Discurso Tomás Abraham

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19 de mayo de 2003 – Acto Plaza Lavalle – Discurso de Tomás Abraham (Filósofo).

Buenos días a todos. Estoy acá no por ningún nombre que tenga, sino porque soy judío. La conducta de la justicia argentina ya ni siquiera es materia de discusión. El juicio por el crimen colectivo de la AMIA es un ejemplo. Nueve años de encubrimiento también dan testimonio de esto. Le irresponsabilidad de la política exterior argentina, su aventurerismo, la desorganización del sistema de seguridad paralelo a su corrupción estructural, son responsables de los crímenes de hace 10 años. Pero a esto hay que sumarle lo que se ha llamado conexión interna, pero no me refiero sólo al apoyo logístico y operativo del asesinato; si no de la complejidad ideológica de un antisemitismo de bajo perfil pero insistente e imperecedero, que es una de las bases culturales de la pequeña burguesía nacional.

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Acto Plaza Lavalle – Discurso Diana Wang

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19 de mayo de 2003 – Acto en Plaza Lavalle – Discurso de Diana Wang (Generaciones de la Shoá)

El doceavo mandamiento: no serás víctima.

Era 1938. Sigmund Freud estaba por abandonar Viena, su Viena querida. Tenía 82 años. Había rechazado las reiteradas invitaciones para establecerse en el exterior porque consideraba que Austria era su lugar a pesar de haber sido echado de la Universidad, a pesar de que sus libros habían sido quemados por difundir la ciencia judía. Cuando una de sus hijas, Anna, fue detenida por la Gestapo, decidió que era suficiente, que debían irse. La escena es en la puerta de su casa en el 19 de la Bergasse. Freud sale de allí para siempre rumbo a Inglaterra. En la calle está el camión cargado con todas sus pertenencias, y se acerca un oficial uniformado quien, gentil pero firmemente, le dice “firmeg esto” y le entrega un papel. Freud comprende que es su salvoconducto, la condición para poder alejar a su familia del peligro. Lo lee. El documento era una declaración delirante sobre el excelente trato deparado por las autoridades alemanas, y dejaba constancia de que abandonaba Austria por su propia voluntad y en total libertad. Freud se encontró ante un dilema. Si, luego de las humillaciones sufridas, firmaba semejante barbaridad, excusaba a los nazis de todo lo que le habían hecho y dejaba un testimonio falso de su proceder. Pero, si no lo firmaba, estaba claro que ni él ni su familia podrían ponerse a salvo. Luego de un instante de reflexión, con una sonrisa en los labios dijo: “Firmaré esta declaración con mucho gusto Sr Oficial. ¿Me permite que agregue algo?”. El oficial aceptó de buen grado, y Freud agregó: “y puedo recomendar a los nazis a todo aquel que así lo solicite”. Con lo cual, magistralmente, resolvió su dilema, pues firmó la declaración según se le exigía y al mismo tiempo, aunque aparentemente la confirmaba, la descalificó de plano y desnudó la maniobra al incluir la palabra “recomendar”.

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