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Audiencia N°71 – 6/2/2017

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La audiencia 71 del juicio por el encubrimiento del atentado a la AMIA no comenzó, como es habitual, con los testimonios previstos para la fecha sino con un planteo de los abogados defensores de los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia pidiendo que tanto Miriam Salinas como Pablo Ibáñez -testigos del día- no declararan.

 

Se trata de una pareja allegada a la familia Telleldín a quienes detuvieron en 1995 por el atentado y al poco tiempo declararon como testigos de identidad reservada sin respetar el debido proceso y bajo presión.

 

Justamente una de las imputaciones que recae sobre los ex fiscales de la causa AMIA y el entonces juez Juan José Galeano  tiene que ver con la coacción a Miriam Salinas y las condiciones irregulares en las cuales se la detuvo.

 

Una larga discusión

Para argumentar su oposición a la presentación de los testigos del día, la defensora de los ex fiscales explicó en 20 minutos que Mullen y Barbaccia denunciaron a Miriam Salinas por falso testimonio en 2007, causa que tramita el juzgado de Julián Ercolini.

 

Según la abogada, la declaración en el juicio oral por el atentado, en el jury de enjuiciamiento a Galeano y la que Salinas prestó durante la instrucción de la causa encubrimiento fueron diferentes, ya que en la primera no denunció las presiones a las que la sometieron los funcionarios judiciales aquí juzgados. Además, agregó que de presentarse la testigo, podría autoincriminarse en esa causa en la que está procesada.

 

La fiscalía y las querellas rechazaron el planteo de quienes además habían pedido a la testigo Salinas para este juicio. Desde Memoria Activa se planteó que la causa en la cual está denunciada Salinas tiene un objeto procesal distinto al de este juicio por encubrimiento y que esa “causa paralela” o estrategia de defensa no puede obstaculizarlo. Además, queda claro que no se puede valorar un testimonio previo a ser escuchado, por lo que es falaz afirmar que la testigo se autoincriminaría. Por último y de suma relevancia, considerando que Salinas no sólo es testigo sino que fue víctima de las maniobras irregulares de quienes están hoy imputados, no permitir su presentación implicaría quitarle el derecho a decir que fue víctima de coacciones.

 

Todo este debate llevó dos horas y, sumado al cuarto intermedio que se tomó luego el Tribunal Oral Federal 2 para decidir sobre la cuestión, la audiencia se reanudó recién a las 14 cuando los jueces expresaron su desacuerdo al pedido de las defensas. “(El testimonio) es indispensable para esclarecer los hechos y asegurar el acceso a la justicia”, leyó la jueza Karina Perilli y pidió que pasara Pablo Ibáñez para su testimonial.

 

Pero, ni bien se iba a proceder con el ingreso del testigo, nuevamente el defensor de los ex fiscales interrumpió para pedir que sea Miriam Salinas quien declarara en primer lugar y que se llame a su abogado en la causa por falso testimonio de modo que “cuidara” a la testigo de no autoincriminarse.

 

A esto se sumó el planteo del defensor de Galeano, quien pidió que ambos testigos declararan el mismo día.

 

Tras escuchar los argumentos de las partes, el Tribunal no hizo lugar a ninguna de las solicitudes por “impertinentes”.

 

El testimonio

Fue así que cuatro horas después de lo planificado, Pablo Edgardo Ibáñez ingresó a la sala y contó acerca de su arresto y el de su esposa en octubre de 1995.

 

“Primero me enteré que había gente que me seguía y le sacaba fotos a mi casa. Días después entraron cientos de policías a las 5 o 6 de la mañana y me llevaron detenido. Tenían una orden de allanamiento y de detención por el atentado”, recordó.

 

Tras ese episodio -siguió el relato- lo llevaron encapuchado a dos talleres que la policía allanó en San Martín. “Me agarraron de los pelos y me dieron la cabeza contra la pared. Me decían que era todo trucho”, expresó y agregó que durante ese hecho se encontraba presente quien creía que era el entonces fiscal Eamon Mullen.

 

Según Ibáñez, la policía lo trasladó a la comisaría de General Sarmiento, a cargo del Comisario Salguero. Allí estuvo unos días y sufrió agresiones que, para él, resultaban “normales” respecto a lo que “la policía solía hacer en ese momento”. En detalle dijo que le arrojaron agua, un celular y que lo ataron estando en puntas de pie. Tampoco le permitieron realizar llamados telefónicos.

 

Ya en los Tribunales Federales, Ibáñez se encontró con su esposa a quien también habían detenido en el marco de la causa AMIA. “Me tuvieron en la alcaidía y cuando me subieron al juzgado la vi llorando. Yo sólo quería que a ella la dejaran irse”, explicó y, fue por eso, que le dijo al entonces juez “que yo firmaba lo que sea si la dejaban ir a mi mujer”.

 

Efectivamente, según declaró hoy Ibáñez, con la recomendación de su amigo y abogado Gustavo Semorile, firmó declaraciones armadas por el juzgado sin leerlas. De hecho negó hoy haber conocido los hechos que allí se describen. “Nunca leí nada de lo que firmé ni nunca dije lo que está ahí escrito. Todo con tal de que mi mujer se fuera”, admitió.

 

En apenas unos días, las imputaciones se convirtieron en sobreseimientos y los acusados en testigos. A Salinas la dejaron libre y le ofrecieron declarar como testigo de identidad reservada además de la colocación (por parte del personal del juzgado y la SIDE) de cámaras ocultas en su vivienda.

 

Ibáñez permaneció en la cárcel de Devoto durante 25 días. “Firmé muchas cosas y después me ofrecieron ser testigo de identidad reservada. Era eso o quedaría preso para toda la vida. Era todo una película”, afirmó.

 

Años después, dijo, se enteró de la “traición” de Semorile, quien también había accedido a declarar como testigo de identidad reservada en la causa y resultó cómplice del proceso que él y Salinas vivieron en el juzgado.

 

Cuando le preguntaron a Pablo Ibáñez por presiones concretas sufridas durante su paso por la causa, contestó: “Si te llevan preso con tu esposa por el atentado a la AMIA y dejan a tus tres hijos solos. ¿Eso no es presión?”.

Este jueves 9 de febrero declara Miriam Salinas. Como pudo apreciarse en la audiencia de hoy, su testimonio es de suma relevancia para que podamos acceder a la verdad y a la justicia. En este sentido, esperamos e instamos a los medios de comunicación a difundir el juicio para que este proceso histórico deje de ser invisible.  Porque no nos compete sólo a los familiares de las víctimas sino a la sociedad toda.