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Discurso de Irina Hauser

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Tengo un recuerdo puntual del 18 de julio de 1994 y los días que siguieron. Me veo sentada frente al televisor por horas esperando que alguien diga que encontraron a otra persona con vida entre los escombros, que se produzca ese milagro. Todos los nombres de las víctimas me resultan extrañamente familiares, aunque sólo sé de algunos. Tengo miedo. Cualquiera de nosotros podía haber estado ahí, con la vida en su condición de fragilidad extrema. Si yo siento una desazón y una angustia infinita, no quiero ni imaginarme las familias de los muertos.

 

En esa época era estudiante y empezaba a trabajar en periodismo. Estaba en una revista femenina. Tenía 22 años. Buscaba un rumbo, y no me hallaba bien en ninguna parte. En el fondo quería investigar, ser capaz de analizar, y soñaba escribir bien. El atentado a la AMIA fue un punto de inflexión inesperado en ese recorrido personal. Por esos días tuve la suerte de conocer a mi maestro Raúl Tuny Kollmann y de trabajar con él. El entrevió, tiempo después y porque escuchó todas las campanas y con gran atención a los familiares, que la mal llamada Justicia montaba una fachada, y que lo hacía en sintonía con el Gobierno menemista, con la ex Side e incluso con la dirigencia de la colectividad judía. Era una historia falsa para construir un responsable y alejar a toda la sociedad de la verdad de lo ocurrido. Siniestro.

 

Hace algunos años, cuando recién empezábamos a entender la complicidad civil durante la última dictadura, tuve esta imagen: el Poder Judicial, que para muchos había sido (y debía ser) el lugar donde pedir ayuda y a veces la única esperanza en la búsqueda de los desaparecidos, era –salvo contadas excepciones– una muralla. En ciertos casos, peor que eso, había sido parte de la maquinaria de ocultamiento, o partícipe de los crímenes. Es una de las caras más perversas del Estado, que tiene la posibilidad, las herramientas y el deber de esclarecer, pero deviene parte de la trama delictiva.

 

El Poder Judicial como activo fabricante de la impunidad parece una ironía macabra, pero es real. Es el mecanismo que también se plasmó frente al atentado a la AMIA. La mayoría de los medios y de los periodistas, fueron cómplices de la construcción de una falsa verdad, y lo siguen siendo. En mi ingenuidad de principiante también me vi tentada de creer, por ejemplo, que si un juez anunciaba “se van a caer de espaldas” era porque había encontrado algo grande. Al comienzo, es cierto, no sabíamos demasiado de atentados terroristas y de cómo se investigaban pese a que ya teníamos la experiencia de la explosión en la Embajada de Israel. El Gobierno invitaba a los periodistas a reuniones en la ex Side, mostraba datos, croquis, fotos de la Traffic, apuntaba a Irán y hablaba de Telleldín a quien, como sabemos, le terminó pagando para que contara una historia trucha.

 

Las fuentes oficiales y las de Comodoro Py transitaban coincidencias asombrosas. Los familiares en soledad empezaron a desconfiar de todo. La ruptura con la historia oficial se produjo en 1997. Cuando hubo que optar entre lo que decían los familiares y lo que decían el juez, el Gobierno y la dirigencia judía, el periodismo en su gran mayoría optó por el tándem Juan José Galeano/Gobierno/dirigencia judía. Así es como se instalan las verdades, por falsas que sean. Con el relato mediático, que reproduce información de manera acrítica, tal como llega cocinada.

 

Frente a ese monstruo estaban los familiares y sus pequeñas agrupaciones. Con sus vidas heridas, cada uno con su trabajo, su rutina destrozada, puestos ahí por el destino, sin experiencia, sin plata. De pronto con una investigación al hombro. Del otro lado el Gobierno, el departamento de Estado norteamericano, los servicios de inteligencia, todos con sus manejos, el establishment, Comodoro Py, que tapa, maniobra, pega y pega y esconde más, y los grandes medios que se hacen eco. Es una práctica que se repite año a año, quizá mutando los títulos, inventando héroes y culpables. La desproporción de fuerzas es enorme. Da mucha bronca.

 

La farsa recién fue noticia para todos los medios diez años después del atentado, cuando la describió un tribunal oral y dio la causa judicial por anulada. Después hubo que esperar diez años más, para que los responsables del encubrimiento fueran juzgados. Es un hito que un ex juez federal, dos fiscales, un ex comisario, un ex presidente de la nación, su jefe de inteligencia, un dirigente de la colectividad judía, sean juzgados pero no cotiza en la agenda mediática imperante y su alianza con el poder político. La agenda que domina es la que colabora con la construcción de impunidad.

 

¿Cómo es que resulta lo más normal del mundo que el Gobierno mande abogados querellantes a ese juicio con la instrucción de “no ser activos” en la acusación? ¿Cómo es que naturalizamos que el ADN de las personas fallecidas en el ataque llevaba 23 años guardado sin ser analizado y resulta que hay una muestra que no coinciden con la de las víctimas? ¿No había un fiscal a cargo de la unidad AMIA? ¿Por qué el gobierno se quiere quedar con el control de los archivos de la ex Side? ¿Nadie se lo pregunta? ¿Cómo es que el periodismo no se pregunta todas estas cosas? ¿O se las pregunta y las deja pasar? Se nombra al Morándum con Irán como si fuera el demonio y el controvertido juicio en ausencia que impulsa la administración de Cambiemos se ha vuelto una panacea incuestionable, aunque pueda resultar una atajo para señalar culpables y cerrar de una vez esta compleja historia. ¿No nos vamos a preguntar a quién beneficia que nunca se sepa la verdad?

 

En lo personal, y como periodista, me molesta mucho pero mucho que se malgaste la palabra impunidad y se la use para todo y con fines políticos vaciándola de su sentido profundo. Sólo podremos mencionarla con convicción cuando cuestionemos la realidad en forma constante. Cuando desconfiemos de todo. Eso nos hará, quizá, más periodistas. No escupir información masticada que nos dan en Comodoro Py o las fuentes gubernamentales. Hoy los únicos que saben en un cien por ciento lo que quiere decir impunidad son los familiares de las víctimas. Los admiro, y los abrazo, ellos dudaron, cuestionaron, con agallas y sentido común, y tenían razón.