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Discurso de Néstor Espósito

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Les agradezco enormemente la invitación para participar en este acto. Mi hijo Mateo, que está por allí, dentro de algunos años podrá decir con mucho orgullo que su papá fue invitado por Memoria Activa para recordar el peor atentado terrorista que sufrió la Argentina y pedir, reclamar, exigir Justicia.

Quiero utilizar las primeras palabras para evocar a un amigo al que extraño todos los días en tribunales: mi recuerdo y mi homenaje para Pablo Jacoby.
Pensaba por dónde abordar esta evocación. Decidí repasar sus historias, que vengo escuchando desde que cada lunes nos reuníamos, ustedes como protagonistas involuntarios, yo como periodista, en la Plaza Lavalle, a la que ustedes bautizaron “plaza de la impunidad, frente al palacio de la injusticia”.
Recién les hablaba de Mateo, mi hijo de nueve años. Pensé ¿qué pasaría conmigo si una mañana cualquiera me despertara, desayunara con él y con Mariana, mi mujer, nos fuéramos cada uno a sus obligaciones y un rayo demoledor, inesperado, brutal nos separara para siempre? Me estremece y me aterroriza el solo pensarlo. Creo que no podría seguir adelante; estoy seguro que no querría seguir adelante.
Por eso los respeto y los admiro. Hace 24 años que siguen adelante, con ese dolor a cuestas, reclamando justicia mientras desde el poder se les ríen, se nos ríen, en la cara.
Les pido disculpas de antemano si lo que voy a decir les resulta ofensivo. Yo creo que ustedes no le importan a nadie.  Y eso me subleva.
Ninguno de los muertos o heridos en la AMIA eran mis familiares, mis amigos o conocidos. No supe de sus historias, no compartí sus alegrías ni sus tristezas, no comí en sus mesas, ni sé qué cuadro de fútbol eran hinchas. Pero los siento míos; no se trata de una demagogia de ocasión sino de una necesidad de abrazo solidario, una caricia que obre como bálsamo ante el dolor.
Me subleva que hayan pasado 24 años y no tengan respuestas; que varios de los que están siendo juzgados por segunda vez desde hace tres años puedan morir impunes, que otros puedan seguir vivos e igual de impunes porque una inexplicable decisión política los excluyó de una acusación, que los que fingieron investigar pero no lo hicieron y les dejaron en cambio las manos llenas de ausencias y preguntas ni siquiera arrastren el peso de sus conciencias. Porque no la tienen, porque no les importa. Porque ustedes no les importan.
Quiero invitar a Pablo Neruda para que con su poesía aclare la voz y sintetice lo que quiero:
Ellos aquí trajeron los fusiles repletos de pólvora,
ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido.
Y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
Por esos muertos, nuestros muertos, pido castigo.
Para los que de sangre salpicaron la patria, pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte, pido castigo.
Para el traidor que ascendió sobre el crimen, pido castigo.
Para el que dio la orden de agonía, pido castigo.
Para los que defendieron este crimen, pido castigo.
No quiero que me den la mano empapada con nuestra sangre.
       Pido castigo.
No los quiero de embajadores, tampoco en su casa tranquilos
Los quiero ver aquí juzgados en esta plaza, en este sitio.
       Quiero castigo.